UN HERMOSO DOMINGO
A mi nieta.
Furiosa abro los ojos. El sostenido riiiíng del despertador, que me olvidé cancelar la noche anterior, es el responsable de mi desmañanada. Son las seis. El día inicia brumoso y con un calor insoportable; clásico tiempo de verano. Ni modo. Un buen duchazo con agua fría apaga un poco mi mal humor y... pensándolo bien, ante mí se presenta un hermoso día de descanso total y absoluto. Es domingo y sin nada qué hacer. ¡Excelente! Escojo el libro que quiero leer desde hace días y me preparo un desayuno ligero para no sofocarme mucho con la estufa.
––¡Aby! Soy María Fernanda ––mi nieta de cinco años al teléfono.
–Amor, si apenas son las siete de la mañana ––el desayuno que estoy cocinando peligra.
––¡Sí, ya lo sé! Pero quiero desayunar en tu casita y platicarte de mi escuelita.
Pensé en el calor de la estufa. Bueno un huevo más y listo, total, de todos modos ya estoy en la cocina. Pero eso sí, después del desayuno la mando a su casa. Tengo pendiente un libro que no he podido leer y me espera en la terraza.
––Está bien mi amor, te espero.
Llega con María, la sirvienta quien se despide diciéndome que su mamá la recogerá más tarde. Nos sentamos a la mesa parloteando de su escuela, sus amigas y primos, hasta que aparece mi hija.
––Mi amor, ¿cómo estás? ¿Quieres un café o te preparo un sándwich? ––sigo pensando en el libro que espera y el calor de la estufa.
––Un café está perfecto... pero, ¿sabes qué? Se me antojan, además, unas quesadillas. ¿Qué dices?
Bueno, pensé, no son tan latosas pero de todos modos empiezo a sudar nuevamente y me sirvo otro café para acompañarla.
––Mamá, gracias, las quesadillas estuvieron riquísimas. Yo no sé de donde trae mi papá este queso tan delicioso. Ya lo busqué en donde me dijo pero no encontré, ojalá y se acuerde de traerme un poco cuando vuelva a comprar... y me voy corriendo porque son las once y media y vamos a misa.
Besos… despedidas… ¡al fin sola! Me acomodo en la poltrona del jardín y abro el libro. En la mesa junto a mí, el imprescindible termo con café y la jarra de refresco helado.
––¡Mamaaaaaá! ––mi hija Gabriela desde la puerta del jardín.
Cierro el libro.
––Trajimos carnitas para comer contigo; ya nos pusimos de acuerdo y no tardan en llegar mis hermanos.
Y efectivamente, poco a poco fue llegando toda la familia. Las cuatro, las cinco, las seis. El calor de la estufa es insoportable y aumenta diez grados por minuto. La cocina estalla y yo junto con ella. Ruido, canciones, gritos de niños y de mamás. Platos y más platos. Platones, vasos y cubiertos. El mal humor en todo su apogeo.
Besos, despedidas, abrazos, recomendaciones, olvidos de ultima hora y al fin... sola. Otro duchazo, me pongo la pijama y guardo mi libro para otra mejor ocasión, porque son las doce de la noche... Menos mal que fue domingo y no tenía nada qué hacer.
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